INTRODUCCIÓN A LA VIDA Y OBRA DE JUAN PASQUAU

INTRODUCCIÓN A LA VIDA Y OBRA DE JUAN PASQUAU

domingo, 25 de noviembre de 2012

Diez Años de Un Impublicado Trabajo Sobre Juan Pasquau;

Diez Años de Un Impublicado Trabajo Sobre Juan Pasquau;





Este libro de Juan Ángel López Barrionuevo viene a poner su granito de arena para reducir el debe de ese libro de cuentas que en la historia de Úbeda abrió la vida ejemplar de Juan Pasquau.
El pasado viernes 23 de Noviembre de 2012, tuvo lugar la presentación del libro “EL HUMANISTA UBETENSE JUAN PASQUAU GUERRERO Y SU ÉPOCA”, de Adela Tarifa Fernández, a las 21 horas. Este volumen ya fue «Premio Cronista Cazabán 2010» por el Instituto de Estudios Giennenses de la Diputación Provincial de Jaén y publicado en formato digital.
El lugar no pudo ser más apropiado: El Salón de Actos de la Casa de Cofradías de Úbeda (Jaén). Es en esta joya arquitectónica -reliquia al fin- que atesora tantas huellas del pasado y de los múltiples actos celebrados -principalmente cofradieros y semanasanteros…- donde ha tenido lugar su renacimiento en papel.
Con esta presentación quiero recordar, que hace ya unos años en la ciudad de Vbeda, se forjó otro trabajo sobre la vida y obra Del citado escritor; Introducción elemental a la vida y obra de Juan Pasquau. Y quiero anunciarlo públicamente, para que no caiga en el olvido, por desgracia este trabajo no sale citado en  las Fuentes bibliográficas del libro “EL HUMANISTA UBETENSE JUAN PASQUAU GUERRERO Y SU ÉPOCA”, de Adela Tarifa Fernández, recientemente publicado.
Introducción elemental a la vida y obra de Juan Pasquau, si sale reflejado en TEMAS Y AUTORES de UBEDA obra de Aurelio Valladares Reguero. “…Introducción elemental a la vida y obra de Juan Pasquau. Vbeda 2003, obra de Juan Ángel López Barrionuevo.
Trabajo difundido en tirada limitada de cuadernillos confeccionados por ordenador. Al final se incluye una fotocopia del contrato para su publicación por Editora y Distribuidora El Olivo (Úbeda, 20-1-2003). Proyecto que no logró llevarse a efecto. ..”   
  Para concluir, quiero compartir con vosotros dos partes de este trabajo impublicado de Juan Pasquau realizado por Barrionuevo, como el Prologo realizado por el ex-concejal de Cultura del Ayuntamiento de Vbeda Jos´ Herrador Herrador  y la Exposicion realizada por el autor. 
Prólogo

U
n pueblo es algo más que un conjunto más o menos agrupado de gentes que habitan un espacio común. Un pueblo es una memoria compartida, un testimonio fecundo de experiencias y anhelos, algo así como un espíritu escondido pero siempre presente que anima las vidas de los que hacen el día a día identificándose como miembros de la comunidad.
                Úbeda, qué duda cabe, es un pueblo. Y un pueblo orgulloso de serlo, un pueblo donde su espíritu de comunidad está tan presente, tanto, que a veces (sólo a veces) puede asfixiar. Porque un pueblo no es sólo la herencia que lo pasado deja en las vidas sino la esperanza que la ilusión proyecta para el mañana. Úbeda es un pueblo que sabe pasearse, en las tardes viejas de lluvia, por su pasado pero que necesita abrirse más, mucho más, hacia la esperanza del futuro.
                Juan Pasquau, D. Juan Pasquau, fue durante muchos años cronista fiel, testigo ejemplar de la vida fecunda de ese pueblo suyo que es el nuestro. Juan Pasquau ayudó a crear conciencia de pueblo, hizo que Úbeda pudiera conocerse mejor a través de sus letras, y tal vez nadie como él haya conocido la realidad más íntima de su pueblo. Juan Pasquau sabía que Úbeda no era sólo sus piedras, los tejados de sus casas vistos desde el Cerro de la Atalaya: Úbeda era el miedo y el sueño de sus gentes, la alegría y el afán de cada día, el futuro escrito en cada gesto, el pasado escondido en cada gota de sangre, el porvenir de cada niño que nace. Y Juan Pasquau supo ser testigo fiel, y amante, de esa realidad que un pueblo, el pueblo ubetense, esconde debajo de su piel y que saca a relucir emocionado en la madrugada del Viernes Santo, que tanto significó para el gran hombre ubetense.
                Se cumplirán pronto los veinticinco años de la muerte de Juan Pasquau. Un buen momento, sin duda, para hacer balance de nuestra vida como colectivo, de lo construido durante este periodo de la historia española en que tanto hemos cambiado y de lo que aún queda por construir. Un buen momento, también y sobre todo, para acercarnos de nuevo a la figura, la vida, la obra fecunda de Don Juan.
                Porque Juan Pasquau nos ofrece un ejemplo con su vida, un ejemplo raro hoy: el de un hombre que supo siempre ser fiel a sí mismo, a sus ideas, y que sin traicionarse ni traicionar aquello  en lo que creía, fue capaz de pasar por los caminos de la vida dejando el recuerdo de hombre, “en el buen sentido de la palabra” que diría el poeta, bueno. En estos tiempos tan dados a otras cosas, este ejemplo altísimo de dignidad debería bastar para recordar a Juan Pasquau. Y sin embargo, tenemos más motivos para hacerlo.
                Porque junto a sus despistes y “sus cosas”, están sus Pregones de Feria, sus Pregones de Semana Santa (insuperables), sus cientos de artículos, sus cartas, sus discursos y sobre todo su “Biografía de Úbeda”,... miles y miles de palabras cargadas de nostalgia y belleza, con un tono tímido de enamorado a punto de declararse. Su dignidad personal y sus palabras de poeta y escritor: por eso Úbeda acude ahora, veinticinco años después de su muerte, a rendir homenaje al que ha sabido cantarla y mirarla como nadie.
                Larga y difícil de saldar será la deuda de gratitud que Úbeda contrajo con quien fuera su bibliotecario y su cronista, su juglar entusiasta. Ahora, este libro de Juan Ángel López Barrionuevo viene a poner su granito de arena para reducir el debe de ese libro de cuentas que en la historia de Úbeda abrió la vida ejemplar de Juan Pasquau. Sin duda, seguirán más libros a éste que ahora presento, tal vez más completos, posiblemente más documentados, pero en cualquier caso será difícil que superen el entusiasmo juvenil y la veneración hacia Juan Pasquau que respira este libro.
                Para mi es un honor altísimo poder prologar este libro juvenil de Juan Ángel López Barrionuevo, prólogo éste que tal vez sea mi despedida a cuatro años intensos de trabajo como Concejal de Cultura y Fiestas del Ayuntamiento de Úbeda. Puede que no haya mejor broche para la tarea desarrollada que despedirse de la mano de Juan Pasquau, animado por la altura de su conciencia y su dignidad, tan necesaria hoy en la vida política, y con la satisfacción del deber cumplido. Pero al cabo, como en el caso de Juan Pasquau, serán nuestros nietos los que juzguen nuestro ejemplo y nuestro trabajo.
Úbeda, enero de 2003
José Herrador Herrador
Concejal de Cultura y Fiestas


A Modo De Presentación.
  

E
n un atardecer del caluroso mes de Agosto del año pasado, me encontraba, como de costumbre, callejeando las recatadas calles de los barrios de Santo Domingo y San Lorenzo.
                Al salir por la calle Afán de Ribera, y en el Royo de Santa María, me tropecé con mi amigo e investigador D. Agustín Palacios Martínez. Así que, dialogamos durante varios minutos. En esa conversación, me propuso la idea de hacer un trabajo sobre la vida y obra de algún personaje ilustre de Úbeda. Yo me lo pensé. Unos días más tarde, decidí hacer esa obra, así que le pregunté: -¿pero de que personaje la concibo?-. Agustín me respondió, -la puedes hacer del Pedagogo Juan Pasquau, ya que el año que viene se cumple el 25 Aniversario de su fallecimiento-. Recapacitando, le dije:  -sí, concebiré ese trabajo sobre la vida y obra de Pasquau, por un gran motivo personal,  gracias a su Biografía de Úbeda, empecé a sentir, a conocer y amar a mi ciudad de “...Los Cerros”. 
Apreciado lector, el libro que posees en tus manos, es una introducción  biográfica a la vida y obra de Juan Pasquau, nos introduce un poco la vida social de la época que le tocó vivir,  de igual forma recoge e incluye su famoso “Pregón de Semana Santa de 1958”; así como varios discursos que manifestó a lo largo de su vida con su palabra culta y apasionante, mezclando su intachable ubetensismo, lleno de la más pura legitimidad, manando gotas de esencia del más veraz y sólido cristianismo.
           
Juan Pasquau, era un Maestro, uno de los mejores escritores de Úbeda de todos los tiempos; y como persona, bondadoso, afectuoso, complaciente y siempre dispuesto al apoyo de sus semejantes; sobre todo con sus paisanos. Su despiste, propio de los hombres sabios, le hizo intérprete de simpáticas anécdotas que le dieron renombre de bondad, de amigo y excelente persona.
Gran defensor y muy creyente de la Iglesia Romana, fue su ferviente servidor cristiano, y en casi todos sus artículos ponía la pincelada de su fe cristiana. Toda su obra literaria constituyó una semilla madura emanada de su mente inquieta, transmitiendo, en la mayor parte de la misma, su espíritu y ética llenos de valores.
Veinticinco años después de su muerte, sigue vivo en los corazones de los que le conocieron y lo amaron. Y de todos sus paisanos. En su ciudad natal, Úbeda, legó su espectacular cultura como su indescriptible amor a la misma. Que siempre le recompensará.
                Se presenta este libro con la intención de conmemorar e inmortalizar la figura de este ilustre personaje. También lo hago con el propósito, para que nos valga como punto de partida, para posteriores estudios.
                Sólo me resta desearle al amable lector, que disfrute con la lectura de esta introducción a Juan Pasquau.
            Úbeda, 5 de Mayo  de 2003.                  EL AUTOR.

sábado, 10 de marzo de 2012

Los Últimos Años De Juan Pasquau.


Juan Pasquau, contando con la edad de 52 años, aprueba la oposición de Director de Primaria, para el colegio Nacional “General Franco” (Grupo Escolar del Cristo del Gallo y de la Explanada), este colegio nace en 1927 con su primer edificio en el Pabellón Central por el que han pasado muchas generaciones de alumnos formados por insignes maestros –y administrativamente el uno de septiembre de 1970 pues comenzó una nueva etapa el actual Colegio “Sebastián de Córdoba”, conocido popularmente por el Colegio de “La Explanada”.

No se puede hablar por tanto de un Colegio de una nueva creación pero sí se puede decir que a partir del curso 1970 –71 el grupo escolar “La Explanada” empieza  una nueva andadura, no sólo por los cambios que ha ido  notando en función  de las distintas leyes promulgadas por el ministro de Educación, sino también por la Autonomía del mismo y por el cambio que el Colegio ha experimentado en su fisonomía en puesto de las necesidades del mismo.

El día 1 de septiembre de 1970 el Colegio “La Explanada” inicia su primer curso bajo la denominación del Colegio Nacional “General Franco”, formado por nueve unidades escolares pertenecientes al Colegio Nacional “Santísima Trinidad” y ocho procedentes del Colegio Nacional “Virgen de Guadalupe”. El Colegio Nacional “General Franco” pasó a llamarse “Sebastián de Córdoba” a principios del año 1986 según consta en Acta del Claustro acreditado el 28 de Enero de aquel año.    

En la sesión de 6 de septiembre del año 1971, el Ayuntamiento felicita a Don Juan Pasquau Guerrero por el nombramiento de Académico correspondiente a la Real Academia de San Fernando  en el mismo año, es beneficiario del premio extraordinario “Premio Cronista Cazaban”, siendo concedido por el Instituto de Estudios Giennenses. En el Curso Escolar 1972 –73 empieza a impartir clases, al igual que su padre, en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos y Maestría Industrial.

Con motivo de la apertura del Curso 1973 – 74, en la Escuela de Artes y Oficios, se celebra el siguiente Acto Académico, con asistencia de Autoridades locales, Directores de Centros de Enseñanza, Claustro de Profesores y alumnos de la Escuela. En primer lugar en dicho acto hubo un reparto de premios correspondiente al curso 1972 – 73. En segundo lugar, entrega de Títulos a Graduados en Artes Aplicadas y Oficios Artísticos.

          A continuación, en tercer lugar, lección por el Profesor de Historia del Arte de la Escuela, D. Juan Pasquau Guerrero, sobre el tema “Las Bellas Artes a la busca del hombre perdido”.

Cualquiera de vosotros, cualquiera de ustedes, señoras y señores, ha leído ya algún libro –novela, ensayo o ciencia ficción- sobre futurología. La futurología es una especie de divertimiento nuevo. La futurología trata –a la vista de los síndromes aquejan a nuestra sociedad- de dar el diagnóstico y el pronóstico del porvenir que nos aguarda. Pero, ¿qué futuro nos aguarda? En lengua inglesa, Alvín Toffler, describe un cuadro sorprendente de la sociedad de mañana. Según él, va a cambiar todo. Y va a cambiar de una manera tan radical, que ya no nos van a servir nuestras  medidas para hacernos cargo de las auténticas dimensiones –que van a ser otras dimensiones- de las cosas. Ni nos van a servir nuestros conceptos para expresar las verdades. Ni nuestras razones para estimar la lógica escondida del universo. Ni siquiera, viene a decirnos poco mas o menos  Toffler, nuestro corazón, con nuestro sentimientos antiguos –pasados de modo y de moda-, ni nuestro mismo cerebro, cuyas neuronas bastante retrógradas, bastante conservadoras, no van a ser capaces de afrontar ese alud creciente que se nos echa encima, tienen nada que hacer –si no es que se renuevan urgentemente- para cuando el año dos mil pase de ser amenaza a ser realidad.

Naturalmente Toffler exagera y hasta hace –con pretexto de ciencia- un poco de humor. Sin embargo, es cierto que el llamado <<shock del futuro>> inquieta y alarma por todas partes. Inquieta el futuro, sobre todo, por su incertidumbre. ¿Nos va a traer el tiempo que llega con velocidad asombrosa –nunca el tiempo ha recorrido más sucesos por hora-, nos va a traer, repito, el tiempo próximo un bienestar paradisíaco o un Apocalipsis? Aquí, las opiniones se dividen. Hay futurólogos enteramente optimistas y los hay absolutamente pesimistas. Los optimistas nos regalan con la fantasía de un mundo supercivilizado y supertécnico donde el ocio fecundo –liberados de nuestras angustias y de nuestros dolores- va a ser terreno abonado para todos los placeres; donde el hombre con sus máquinas y con sus palancas, con sus cohetes y con sus computadoras, con bioquímica y con su electrónica, va a arrebatar al Cosmos sus últimos secretos. Los pesimistas, al contrario, atemorizan con un porvenir de ocaso borrascoso en el que se va a tornar negros todos los estandartes. Un porvenir de hambre, desolación, espanto y muerte, en el que agotados todos los recursos vitales y esquilmadas las últimas fuentes de energía, se producirá un regreso fatal al mas hostil primitivismo; el hombre, verdaderamente, lobo para el hombre. De tal forma que él <<Gloria en el Cielo y paz en la tierra>>, vendría a parar, como en devenir postrero en <<guerra en el cielo y odio en la Tierra para los hombres de mala voluntad>>.

Difieren mucho, sí, las opiniones acerca del color del futuro que algunos de los que aquí estamos verán quizás; pero que muchos, de seguro, por suerte o por desgracia no veremos. No coinciden los criterios acerca del como del futuro. No obstante en algo parece estar de acuerdo casi todos los futurólogos, tanto los que vaticinan el bienestar absoluto como los que presagian, agoreros, un Apocalipsis. Porque tanto unos como otros temen que el hombre, contagiado por su bienestar o su malestar, va a desustanciarse, va a sustituir el drama genuino de su persona –capaz de salvarse o de condenarse –según cada pronostico- pero en cualquier caso muy poco humana. De un lado y de otro, en efecto, da miedo esa deshumanización que, imperada por las técnicas erigidas en reinas y señoras de la Cultura, amenaza con obligarnos a la dimisión. Se dice que el hombre –ahogado por su propia prosperidad o por su propia desventura- va a abdicar de sí mismo, va a dejar de ser quién es, se va a perder. Pero ¿qué es, amigos, qué es, señores, esto de que el hombre va a perder al hombre? ¿Dónde, cómo y por qué nos vamos a perder?

La uniformización de modos de vida, la universalización de aficiones y gustos, la standalización de las costumbres, la manipulación de las ideas, la manufactura de las razones, están haciendo ya de la Cultura una Industria, de la Civilización una fábrica y del hombre un <<producto>>. Es paradójico, pero así resulta; el hombre <<producto de sus productos>>, arrollado y marginado por las consecuencias de los efectos de sus resultados. El hombre obstaculizado por sus mismas creaciones. De tal forma que su completo bienestar –si llega, como quieren los optimistas- va a ir en detrimento de su ser. <<Y no es el bienestar lo que me Interesa, escribía Teilhard de Chardin. Lo que me interesa de verdad no estar sino ser>>. Y eso es lo que, se teme, nos va a quitar el futuro: el ser. Porque –felices o desgraciados- las almas vacías de pulpa eterna, de su flujo lírico, cambiada su intransferible índole por la hegemonía de un estar, se convertirían, descuajado el drama del espíritu y ausente el misterio de la persona en ese <<cascaron vacío>> que era <<el Rey Lear>>, viejo y desamparado de sus hijas, en el decir de Shakespeare.

Yo creo que sí, que hay síntoma ya de que los hombres nos estamos perdiendo de vista, de que cada uno ve alejarse a su yo en el horizonte. Presiento, que si no se pone urgente remedio, el hombre va a entrar en su auténtica vejez, es decir va a convertirse en número pasivo y sin iniciativa: va a perder su figura y su forma. Porque <<cascarón vacío>> extraviada su esencia, sufrirá el trance de quedar flotante, cesante y sin pesantez. Y de forjador de sus destinos, va a pasar a ser no sujeto sino objeto pasivo de la Historia. Cosa y no alma. Y entonces los productos del hombre –los productos de sus ideas y las consecuencias de sus razones y los resultados de sus inventos- abandonarán al hombre como abandonaron al <<Rey Lear>>, una a una, sus propias hijas.

Ferrater Mora, un pensador español contemporáneo, lo ha dicho; << Hay épocas en que los  hombres descubren que pueden dejar de ser hombres>>. Posiblemente, la que se avecina es una de ellas. Si no tomamos las precauciones debidas, nos vamos a disipar –así, literalmente, a disipar- sometimos a ese proceso de vaporización que está resultando ser la Civilización supertécnica. La gente muchas veces renuncia a mirarse por dentro porque cada vez encuentra menos cosas auténticamente suyas, de aquellas que desde la niñez constituyen el núcleo de su persona y su más genuino patrimonio. La gente se da cuenta de que pierde, poco a poco, o mucho a mucho, valores tan fundamentales como la fe en Dios, la honradez, la confianza en el hermano, el amor, el sueño, la ilusión. Hay jóvenes que dicen <<he perdido la fe>> con la misma tranquilidad con que dirían <<he perdido el bolígrafo>>. Y quizás dentro de unos años, las muchachas van a declarar la pérdida de su virginidad sin apurarse más que cuando pierden el botón de un abrigo. A mi juicio, todo esto entrañaría la auténtica bancarrota del ser –del ser humano como persona, como mundo con leyes y valores propios- en aras de una <<cosificación>> de un estar, plácido o difícil, bienestar o malestar, a que nos lleva un mundo más atento a la cantidad que a la calidad, más a lo útil que a lo bello, más a la materia que al valor, más a lo externo que resbala que a lo interno que ahonda y labra. A Baudelaire –el poeta francés- le preguntaron una vez, donde desearía para siempre vivir. Baudelaire respondió: <<En cualquier lugar que no sea el mundo>>. No quería decir con esto el poeta que deseaba morirse. El verdadero sentido de su frase sería mas bien este: Deseo estar en cualquier lugar donde me dejen ver quien soy, donde no me contamine el ambiente vulgar, la polución insana de la mezquindad. Deseo vivir en cualquier lugar donde mi mundo tenga la suficiente potencia para anular la deletérea influencia de unas ideas, usos y costumbres que me estorban desde fuera. Como si dijera; quiero que mi vida interior venza al mundo y no el mundo a mi vida interior...

Está claro que no hay que renunciar al mundo; que no quiero invitar a nadie con este recuerdo de la frase de Baudelaire a que corte sus amarras con la sociedad o a que se encierre en su torre de marfil. Nadie puede bastarse a sí mismo y lo humano y lo cristiano es establecer cada día puentes, lazos de unión entre todos. Pero también es obvio, no admite dudas, lo de que si no atendemos a nuestras <<provincias interiores>> que diría Ortega y Gasset, o a nuestro <<inmortal seguro>> que diría el serenísimo Fray Luis de León, también es incontrovertible repito, que si nos abandonamos al vaivén del oleaje externo que nos masifica y nos cosifica, se nos perderá a cada cual el hombre –su hombre- aunque conserve el nombre –su nombre-. El mundo supertécnico, supercivilizado, lleno de productos de fábrica que nos envuelve, tiende a suprimir las diferencias de presión y de nivel de nuestra persona, de la de cada uno. Una persona fundamental es eso; una inestabilidad gloriosa, un desnivel, un desequilibrio de contrarios, o sea, un desequilibrio armonioso. El futuro –si es como nos lo presentan algunos futurólogos- pondría  a todos los hombres a un mismo nivel ideológico, emocional. Suprimiría la orografía y la hidrografía de cada uno. Es decir, nos arrasaría. Es decir, terminaría con lo que nos distingue de lo que nos rodea, cuando ser persona no es otra cosa que constituirse en torno al centro de nuestra específica diferencia. Cada cual tiene que estructurarse –y esa es la suprema empresa- pensando en quien es, en por qué es y para qué es. Cada uno tiene que formase atendiendo al material que Dios le da y no haciéndose una chabola a base del material de aluvión que le trae la riada de las urgencias, de los actualismos, de las últimas novedades y de los prejuicios últimos.

Pero ahí esta, amigos; ¿Queda ya mucha gente que se haga esas cardinales preguntas, que ahonde dentro de su intimidad para saber quien es, por qué es y para qué es? ¿Quedan muchas personas que deseen siendo personas? ¿Quedan muchos hombres, mas sensibles a la pérdida de lo que son que a la perdida de lo que tienen?. ¡Este es el gran mal que a todos amenaza! Todos estamos expuestos a estimar como mayor desgracia la pérdida de nuestro dinero que la pérdida de nuestra alma. Todos estamos abocados a guardarnos mejor el resfriado que amenaza nuestros bronquios que del resfriado que amenaza nuestras convicciones. Todos estamos dispuestos quizás a perder antes lo que da belleza a nuestras horas que lo que da utilidad a nuestros propósitos. Y será así, de tumbo en tumbo, de abdicación en abdicación, como llegaríamos a convertirnos en perfectos mecanismos de toma y daca, evaporada toda noble ambición. Es así como llegaremos a parecernos al tragaperras –planificada y allanada nuestra conducta a base de timbres, reflejos y resortes- en lugar de parecernos a Dios que es para lo que hemos sido hechos. Es así –en definitiva- como cada persona perdería a su hombre, quedándose sí con su nombre. Pero su nombre sin nada especial dentro, su nombre <<cascarón vacío>> como el Rey Lear, a merced de la tiranía de sus engendros, de sus productos.

Piensa uno, por tanto, sospecha uno que, ante la perspectiva urgiría la puesta en marcha de una <<operación rescate>>. Operación a la caza y captura del hombre que se pierde entre sus escorias, que se ve como  se desdibuja su línea personal, su perfil, entre la espesa niebla, amorfa niebla, que lo envuelve. Piensa uno que hay que predicar y emprender una cruzada a la busca del hombre perdido, del hombre que  pierde sus raíces. O del hombre que inauguró la Civilización robando –valiente Prometeo- el fuego del Cielo y que ahora contempla impotente y sin ira como la cultura se va a clausurar robándole a él su propio fuego. Por que no es que ahora los hombres nos estemos volviendo imbéciles. Al contrario. Ahora el nivel mental de cada uno es, probablemente mayor. Y ahora hay más inteligencias privilegiadas. Y mas inventos. Y quizás mas genios. Pero la cultura se está desintegrando. Un proceso catabólico, analítico, nos lleva a conocer el mundo y las cosas palmo a palmo y milímetro a milímetro, pero nos priva de una cosmovisión total, de una síntesis, de una concepción unitaria del Cosmos, de la Historia, de la Ciencia y del Pensamiento. No somos menos inteligentes, pero somos menos sabios. No, no es esto una paradoja, ni es una <<boudate>>. Es que entendemos en latitud y anchura pero no comprendemos en profundidad. Es que nos sobran ideas y nos faltan ideales. Es que miramos más y vemos menos. Es que somos impacientes para las fructificaciones, pero sin ninguna paciencia para esperar las sazones. Es que, como magistralmente escribía Gabriel Marcel, el genial filósofo francés recientemente fallecido, no sabemos distinguir entre problemas y misterios. Y como cada día resolvemos problemas nuevos, hemos llegado a ignorar  -supina ignorancia- que son los Misterios –bellos, altos, sublimes, castos y dramáticos misterios- quienes dan el recado y la señal de qué es el hombre. Borrachos de lo que tenemos. Perdemos la conciencia de lo que somos. Nos vino la plenitud de la Ciencia y dejamos que se nos escape el carisma de la Sabiduría. En resumen el proceso catabólico de la civilización técnica, quiere doblar el pulso al proceso anabólico, integrador, unitario, de la Cultura. Y estamos a punto de perecer entre la espada y la pared.

Pero mis queridos amigos, ahora mismo os estaréis diciendo; ¿Qué tiene que ver el anabolismo de la Cultura y qué tiene que ver Prometeo, y qué tiene que ver Gabriel Mercely que tiene que ver el tragaperras y qué tiene que ver el Rey Lear, y qué tiene que ver Toffer y qué tienen que ver los futurólogos y que tiene que ver todo este batiburrillo con el Arte o con las Bellas Artes? Brevemente, porque si no voy a ser demasiado largo, desearía que reflexionemos juntos unos instantes y veríamos que sí, que tiene bastante que ver.
Por supuesto que si el hombre que empezó en cazador de jachalíes ha de dedicarse ahora a la caza de su personalidad que huye fugitiva, no hay expediente mejor que la apelación a lo trascendente. Por supuesto, que si el hombre se busca tiene que apelar a Dios como Lazarillo, ya que un ciego –como dice el Evangelio- no puede guiarse por otro ciego. Sí, por las causas que fuere, los hombres de ahora, muy lúcidos en ciertas cuestiones, hemos perdido en cambio la Luz, dificilísimo será que podamos hacer claridad en nuestros fondos y que seamos capaces de encontrar en la hondura al hombre que se esfuma entre la niebla, o que podamos gritar desde nuestra desolada soledad al hombre que se pierde en el horizonte. No nos encontraremos si nó  es de la mano de Quien, después de crearnos, de hacernos, vino al Mundo para buscarnos y rebuscarnos. Me gusta repetir estas cosas que ahora se oyen poco. Me gusta recordar las palabras de Pablo VI cuando dice que <<sin la apertura al Señor, el hombre empieza a degradarse, es decir, empieza el hombre a perder su categoría de hombre>>. Ojalá nuestro tiempo estuviese capacitado para la elevación mística. Ojalá pudiésemos, como San Juan de la Cruz, dinamizar la rueda entrañable; ojalá aspirásemos al <<conocer no sabiendo, toda Ciencia transcendiendo>> del carmelita, obrando a modo de turbina espiritual que alancease y pusiese en movimiento, en irreprimible rotación las aguas profundas, los pensamientos profundos que, si no se mueven, quedan en perfil conceptual de puras geometrías. Ojalá, que, aunque aprendices ineptos o ignoramos, nos sintiésemos inclinados a la limpia disciplina mística, ya ahora se necesitan más intuiciones que razones, más fervores que cálculos, más silencios  que palabras, más sentires que decires y mas amor que puro intelecto. Yo, a veces, me hago la ilusión de que pasado algún tiempo se va a producir la ansiada reacción y que de nuevo van a volver a tener más valor los místicos, los santos, los artistas y los poetas. Más valor que los intelectuales, los tecnócratas y los burócratas. Yo pienso que sí, que al mundo –pasada esta época de confusión- le va a subir otra vez la tensión, la tensión espiritual, y van a pasar, por tanto, estos vértigos y estos mareos...

No obstante, creo que hay también soluciones, aunque subsidiarias e incompletas, de tejas abajo. Para la busca del hombre perdido, pueden ser decisivas según mi opinión, las apelaciones a ese transmundo –o quienes ustedes, si queréis- a ese intra mundo superior del arte. Porque para encontrarnos necesitamos primero eso que llamamos la evasión, la fuga, de estas ocupaciones que nos tapan, que nos obturan que nos cierran y nos encierran. El arte es el supremo <<hobby>> que nos aleja de lo cotidiano para acercarnos y zahondarnos luego en nuestros pozos íntimos, en nuestras cisternas líricas. La poesía, el arte, la música, la pintura, la contemplación de una catedral, la sugerencia de una ojiva, la serenidad de un frontón clásico, la gracia de una estatua, la finura de un ánfora, la armonía de un simple decorado plasmado con sensibilidad y con gusto, son otros tantos expedientes para sumirnos en la actitud contemplativa. La actitud contemplativa vuelve a presentarnos al mundo del primer día, alejándonos de la visión de este mundo cansado, fatigado, sudoroso, de estas jornadas de la historia que vivimos; jornadas que tiene apariencia de últimas o de penúltimas jornadas. El arte –ya sea por la contemplación o por la ejecución de la misma obra artística- da estilo, fuerza a nuestros días manchados de barro. ¿No os habéis sentido mucho más hombres oyendo a Batch, a Bheetoven o a Mozart?¿No habéis encontrado en vuestra alma cosas que creíais definitivamente olvidadas, al acariciaros el silencio umbroso de una iglesuca románica o de radiante templo gótico o renacentista? ¿Nos habéis vuelto a refrescar lo mejor de vuestra vocación de belleza –todo hombre, aunque lo ignore, tiene una vocación de belleza- en la presencia de un cuadro de Leonardo, de Rafael, de El Greco, de Velásquez, de Rembrand, de Monet, de Zuloaga, de Miró, Matisse? Y tanto mejor, si además de contempladora, sois ejecutores. Tanto mejor, si además de emocionaros ante un óleo, una imagen o una melodía, sois vosotros mismos capaces de plasmar, un cuadro, una escultura o una pieza musical. Porque entonces, además os realizáis, como se dice ahora: entonces promocionéis la vida genuina, a pura autenticidad. Entonces –permitidme la expresión- pescais el yo del  fondo dormido de vuestras aguas.

Superior, tensa, gloriosa, penosa y triunfal empresa la de encontrar el yo. Ah, mis queridos amigos artistas que me oís, profesores, profesores artistas, alumnos artistas, ¡como os envidio! Cuando pintáis, cuando esculpís cuando hacéis un modelado, un vaciado, cuando trazáis las líneas de un dibujo, cuando diseñáis una pieza de confección, cuando decoráis una habitación, <<como vertiesen la obra que lleváis a cabo lo más secreto, lo mas valioso, lo más personal, gracioso, lo más encendido de vuestra alma! ¿Verdad que entonces –y no antes ni después- os experimentáis enteramente vosotros, vosotros mismos? ¿Verdad que es en esos momentos de trance creador cuando os advertís un poco como Dios, ensayando mundos nuevos? ¿No es, así, como de cierto os encontráis y como de verdad os queréis? En la curva del ánfora que modeláis, en la pincelada que conseguís hacer saltar ágil sobre el lienzo, en el escorzo sutilísimo de la estatua a la que dais expresión, figura y presencia, estáis presente y actuantes con toda la carga emotiva de un yo intransferible y gozoso. Mejor, sólo tú artista has hecho el cuadro que haces. Otros harán otros mejores o peores, pero no otro igual. E irrepetible será, igualmente, esa figura de barro que modelas con tus manos –artesano amigo- pareciéndote durante unos momentos al Dios del Génesis. Y nadie hará una jarra exactamente igual a la que tu acabas de plasmar, alumno aprendiz de la escuela. Estas obras de artes que alumbráis –queridos profesores de la escuela de Artes y Oficios-, esas preciosas cosas que aprendéis a traer al mundo –queridos alumnos de la Escuela- son vuestra posesión; son de vosotros, genuinamente de vosotros. Constituyen vuestra auténtica propiedad, porque no representan productos cedidos, comprados, vendidos y adulterados; no pertenecen a la sociedad de consumo. Son efecto y gracia de vuestra inspiración, de vuestro trabajo, de vuestro esfuerzo. Son la manifestación de la casta bondad última del corazón. Son la epifanía de la persona libre, evadida de las cárceles de lo cotidiano, de lo vulgar, de lo anodino. Hacéis un cuadro, una cerámica, una forja o un mueble –simplemente una silla en el taller de carpintería artística- y notáis, verdad que si, que vuestros pájaros, vuestros mejores pájaros han alzado su vuelo de vuestro suelo. ¡Como os envidio, artistas y artesanos! ¡Como os envidio profesores y alumnos de esta escuela! Yo soy un hombre incapaz de trazar un dibujo, de pintar un óleo, de modelar un botijo. Yo tengo unas manos torpes y una mente algo tartajeante, yo no puedo lograr una obra bien hecha. Yo soy impotente para vaciar mi espíritu en lienzo, en el dibujo, en el barro, en la madera, en el hierro yo no puedo encontrarme,  yo no puedo hallar al hombre perdido –como vosotros seguramente lo encontráis- por ese camino. Yo os doy mi enhorabuena y yo os doy las gracias porque sabéis como se hace la belleza. Y ¡como se parece la belleza a la Verdad! ¡Son las dos caras de una misma moneda! Moneda que no se cotiza en las oficinas bursátiles sino en la Bolsa de Dios.

Queridos artistas-artesanos de esta Escuela. El artista es la continuación del artesano y el artesano es la continuación del artista. Por enésima vez hay que recordar la frase de Don Eugenio d`Ors: <<El secreto de la perfección artística de Úbeda, a su vocación artesana se debe>>. A vosotros, artistas y artesanos de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Úbeda, la expresión de mi cordial y admirado homenaje[1].                 
        

En cuarto lugar, fue la intervención seguida del Sr. Director del Centro, D. Manuel Fuentes Garyalde.

Tras la clausura del Acto por el Iltmo. Alcalde, D. Manuel Fernández Peña. Se realizó una visita a la exposición de trabajos realizados por los Alumnos de la Escuela de Arte y Oficios.

El 31 de Julio de 1972, a petición de varios vecinos, se solicita la erección de un busto del que fuera Alcalde don Pedro Sola. Accede la corporación y se instala en el Barrio de San Pedro.

Nos situamos otra vez, en el año 1973,  y en sesión plena del 27 de Marzo, son adjudicadas las obras de la piscina municipal. La  misma es inaugurada el día 18 de julio del mismo año. En aquella misma sesión, entre otros asuntos, la Corporación muestra su satisfacción por la meritoria concesión al Alcalde don Manuel Fernández Peña de la Cruz de Caballero de la Orden de Cisneros.

En este mismo año se publica dentro de la colección Temas de nuestra Andalucía y patrocinada por la obra Cultural de la Caja de Ahorros de Granada el trabajo  de Juan Pasquau, bajo lema: Úbeda, ciudad del Renacimiento andaluz.

En el mes de Diciembre de aquel citado año, es fundada por Francisco Esteban Santisteban y publicada por la Real Archicofradía de Nuestra Señora de Guadalupe la revista mensual Gavellar. Nuestro laureado personaje empieza escribir para la misma, con un artículo publicado en el primer número bajo título Carta a Úbeda. Los números 55 y 56 correspondientes al año 1978, de la Revista Gavellar  son números extraordinarios dedicados a Juan Pasquau, con ocasión de su muerte.

En acta del 28 de Enero, el Ayuntamiento agradece al Centro de Iniciativas Turísticas su labor en pro de la promoción de las bellezas monumentales de la ciudad.

En este mismo año de 1974, publica el CIT., la obra literaria de Pasquau titulada Reseña de Úbeda, ciudad monumental, para los alumnos de los centros de EGB., de Úbeda, es editada la misma por Gráficas Bellón, consta de dieciséis páginas distribuidas de la siguiente manera, I: Introducción (pp. 3-4). II: Monumentos precristianos de Úbeda. La muralla (pp. 4-5). III: Arte románico y gótico en Úbeda (pp. 6-8). IV: Estilo plateresco (pp. 8-10). V: Úbeda, ciudad del Renacimiento (pp. 10-15). VI: Úbeda sigue (p.16).

Y el 26 de Diciembre  de aquel año, el CIT. premiaría a la Agrupación de Cofradías como “Ubetense del año”, por dar conocer la Semana Santa Ubetense a toda España a través de la retransmisión de nuestra procesión general.

En 1975 se edita el libro  de la Historia y Pregones de nuestra Semana Santa, libro subvencionado por la Agrupación de Cofradías, recoge  muchos de los pregones ofrecidos desde su instauración en 1955, entre ellos el de nuestro ilustre personaje, no están todos, debido a la ausencia de algunos de ellos en los archivos de la Agrupación..

Como acontecimientos de aquel año que cambiaron la Historia de nuestro País, y la vida de los españoles, está el ocurrido el 20 de noviembre de 1975, con el fallecimiento de su Excelencia don Francisco Franco, poniendo así fin a la Dictadura.

 Comenzando así una nueva etapa para España, ya que el 22 de noviembre de aquel año, Juan Carlos de Borbón, es proclamado Rey de España que gobernará con el nombre de don Juan Carlos I. Úbeda estaba entonces de luto, con sus casas con crespones negros y la Bandera Nacional ondeando a media asta en los edificios civiles. Al día siguiente, por motivo del fallecimiento del Caudillo, Úbeda celebra solemnes funerales en Santa María de los Reales Alcázares, estando el templo abarrotado de fieles.



Juan Pasquau, gran semana santero y Hermano de Jesús.

La Semana Santa de Úbeda, paso a paso por nuestro Ilustre personaje.

     
Domingo de Ramos.

Las campanas de la Trinidad, entre estampidos de cohetes, marcan el comienzo de la Semana Santa ubetense con la fiesta de <<La Entrada de Jesús en Jerusalén>>. Asiste todo el <<guión>> -anotemos este modismo ubetense de llamar <<guión>> al conjunto de una cofradía- y ondean las altas, esbeltas, místicas palmas en el interior del templo abierto de par en par. El bullicio de la gente –muchos chiquillos, infinitos chiquillos que acuden a ver al <<Señor del borriquillo>> -asfixia la voz del presbítero que recita los salmos de la bendición de ramos. Mientras, en Santa María de los Reales Alcázares, se celebra la fiesta oficial a la que asiste el Excmo. Ayuntamiento bajo mazas.  Y en Santa María, y en todas las iglesias, están ya preparados los pasos procesionales. A algunos de ellos le faltan, quizás, los últimos <<toques>> (Laboriosa tarea esta de la preparación de un <paso> de Semana Santa. Interviene el escultor, el presidente de la cofradía, el secretario, el carpintero, el herrero, el pintor, la camarera, el alguacil, el cura, la hermana del cura, el electricista y... el sacristán).
Pero cuando Úbeda entera se echa ya a la calle es el domingo por la tarde. Hay gentes en Úbeda que sólo se ven de Semana Santa en Semana Santa. Cuando el <guión> presidido por don Pedro Parra llega a la Trinidad para <sacar la procesión>, en los soportales de enfrente ya están las caras del año anterior con los chiquillos –que extienden la manecilla- en brazos. Y la bulla de siempre. Y las dichosas <pelotitas de goma> de siempre. Y las mozuelas con sus vestidos verdes, rojos, amarillos, azules, blancos... Úbeda es un pueblo agrícola y la Semana Santa representa, un poco , a modo de marcador de la prosperidad. Es un materialismo lamentable pero es así. La gente, cuando hay poca cosecha, dice que <no hay gusto para>... Los años de buena cosecha, en cambio, son fértiles también en vestidos rojos, verdes, amarillos, azules, blancos, para la Semana Santa. Y se ponen las calles que, <da gusto verlas>. Y cuando se prende fuego, por junto, al haz de cohetes de la lonja de la Trinidad –sale la procesión- hay gritos, sol, carreras de chiquillos, plegarias, marcha real..., sombreros en la mano, monaguillos. Inicia su marcha la carroza de <<La Entrada de Jesús en Jerusalén>>. Sube por la calle Mesones... El gentío se pone en movimiento. Por la calle Gradas y el Claro de San Isidoro <se sale> a la calle Nueva; es pues facilísimo ver otra vez, enseguida, la procesión. Para eso está el <atajarla>... No hay ubetense que no sepa <atajar>, que no conozca bien las calles idóneas para eso. Son, todas, calles recoletas, apartadas, viejas, casi enlutadas. Pasa por ellas el tropel de <atajantes> y ellas, las pobres, siguen con su vejez, su mala pavimentación y su luto, sin ver la procesión.
Y cuando la procesión termina es de noche. Y todo el mundo – en la calle, en el bar, en los grupos de la plaza- habla de las novedades cofradieras de este año. ¡Ah! Y, como es primavera, todos los amores reverdecen. ¿Se fijan Vdes., en la remesa de muchachitas en flor que cada año estrena el Domingo de Ramos?

Jueves Santo.

El mismo aire se hace religioso en el Jueves Santo. Cuando terminados los sacros oficios se han desleído en los ámbitos del templo las últimas volutas del incienso; cuando han enmudecido las campanas y ha empezado ante los Sagrarios el bisbiseo silencioso de las plegarías, la piedad del día toma cuerpo en cada esquina ciudadana como si la liturgia, universalizada, hubiese copado las últimas plazas fuertes de la frivolidad. Una serenidad eucarística ha apostolizado a las cosas todas y es entonces cuando, heridos por el esplendor meridiano del sol, los gallardetes y estandartes –verde y oro-  de la cofradía de <la Oración del Huerto> reverberan en la mañana radiante. La procesión centra fervores de plata y, su paso, adensa a las gentes en el misterio que alza su amargura, sobre los oros barrocos, bajo el inmenso azul. La palidez de la imagen del Cristo  orante encarna el ensamblaje teológico –Hombre Dios- en medio de la exultación primaveral... Y en las almas se filtra, un místico oro viejo, una sutil emoción de eternidad.
Por la tarde -¡ay la tarde del Jueves Santo!- la ciudad es, toda, una votiva ofrenda: un cirio transido de euritmias pianísimas. Se acordan los tambores broncos de la procesión con los presagios cárdenos del livor crepuscular. Y las mantillas de las bellas imprimen carácter al ambiente. Hay una delicadeza, una intimidad, una pureza nueva, transparente, límpida... (Ninguna fiesta religiosa  se traduce en esta finura lírica. Ni aún la Navidad que achabacana presto de pantagruelismos y de zambombas.  Ni aún el Corpus cuando se contagia de voluptuosidades vernales). Dos procesiones ubetenses en la tarde del Jueves Santo <La Humildad> precedida de la banda de romanos, abriendo una brecha vagneriana –trompetas imperiales- entre la espesa expectación multitudinaria. Y la de <El Señor de la Columna>, apagada de fulgores, entre violetas y crespones negros, matizada de profundos clamores contenidos.

Cristo humillado bajo la púrpura del escarnio; Cristo humillado en su desnudez desgarrada. Penitentes de colores ebrios –rojo, amarillo de <La Humildad< y penitentes acongojados –luto y salmo- en <La Columna>. Luego, atardecido, la Luna de Nisa asocia su embrujo a la sugestión tremente de la noche. Es también una luna contagiada: una luna distinta... Hay andorreo de matrimonios endomingados- estación tras estación- y mar picada de pitidos infantiles, a lo largo y ancho de las calles invadidas de un gentío que, <encerrada> <La Humildad>, se retira al descanso ante la perspectiva de ajetreo del gran Viernes. (En todos los hogares hay esta noche una túnica recién planchada y plegada; túnica de Jesús, de La Caída, de La Expiración o de Las Angustias que al día siguiente vestirá el padre, el <papá>, el hermano o el <chache>, convertido en penitente).

Viernes Santo.
En ninguna ocasión como en el Viernes Santo, Úbeda se identifica tanto con sí misma. Diríase que a lo largo del año hay una difracción del carácter ubetense, una disociación de sus autenticidades más íntimas. Es natural y no es achacable el fenómeno únicamente a Úbeda.

Hay un día, para cada pueblo, en que no se parece a ningún pueblo, en que sus esencias idiosincrásicas, más o menos soterradas, afloran fatalmente, como demostrando que lo de las <constantes históricas> es verdad también, en un sentido particular, para cada ciudad, pueblo o aldea. Esta intermitencia anual de la tradición es ineludible  y consoladora. El tiempo deja su sedimento, por fugaz que resulte su paso. En Úbeda, el Viernes Santo es una obra de siglos en que han colaborado todos nuestros antepasados, en que seguirán colaborando quienes venga detrás de nosotros... La voz del tiempo que fue, nunca suena mejor en nuestro pueblo que el gran Viernes. De tal manera que, por muchas que sean las interferencias de afuera, el tono y el timbre ubetensista jamás deja de percibirse, incontaminado en cada uno de los momentos de nuestras procesiones. Con una pureza y una reciedumbre que viene de adentro, atenta a su propio ritmo... En los demás días del año el viento de la <actualidad> borra y barre cualquier reminiscencia ancestral. No así, repetimos, en el Viernes Santo, verdadero monumento histórico de Úbeda, genuino depósito de tradiciones, esencia lírica –y épica-, concentrada, aromado del <bouquer> de cien generaciones...
Porque es igual, en líneas generales, el Viernes Santo de ahora que el de hace cincuenta años... Es este su mérito. Si nuestros abuelos <levantaran la cabeza> no experimentarían, sin duda alguna, el desasosiego que sentirían si despertasen en cualquier otro día; no les acongojaría su situación <depaysé>, su desambientada postura añeja. Y es bueno que los pueblos que juegan al progreso y que los pueblos que con perfecto derecho avanzan en la línea que les marca la Civilización, se detengan –si quiera sea una vez al año- a escucharse a sí mismos, sugestionados por la emotiva carga afectiva de lo pretérito. Máxime cuando como, en este caso , el pretérito llega impregnado de transcendentes auras religiosas y eternales.
La salida de <Jesús Nazareno> es el preludio inefable de nuestro Viernes Santo; preludio en que se perfilan y se insinúan las notas sinfónicas de la gran jornada religiosa. La procesión tiene una unción fervorosa y su paso por las calles a las primeras horas de la mañana es una caricia que enardece anhelos escondidos y remueve todos los rescoldos atávicos. Más tarde, también  en la mañana, la cofradía de <Jesús Caído> plasma la tristeza infinita del desfallecimiento divino. Están los balcones repletos de muchachas en flor, pero los capirotes morados se enfilan hasta el cielo. Y en el cielo es primavera impaciente que no aguarda a la Resurrección para esplender... y Cristo lleva sólo su cruz, sobre su carroza de plata.
Por la tarde, a la hora exacta de la Redención <La Expiración> recorre nuestras calles. Es conmovedora la salida de esta procesión de la iglesia de la Trinidad, a las tres de la tarde. Más adelante, a las cinco, <Las Angustias> marca la hora del cansancio de la gente; pero el desfile de la procesión blanca, a los acordes de la marcha que compuso el inolvidable D. Victoriano García es uno de los más lucidos de nuestra Semana Santa. Por fin, ¡La Soledad! Colofón de la tarde. Epílogo abigarrado con oleaje de fervores sin rienda. La cruz de <La Soledad> se levanta como un mástil, en el ocaso, entre elegías de trompetas y luto denso de penitentes negros...
Luego, todo se vuelve expectación ante el magno desfile de la Procesión General[2]

Como queda demostrado Juan Pasquau, a lo largo de su vida fue un enamorado de su pueblo Úbeda – ciudad natal, refugio y atalaya- que en los tiempos de ocio,  recorría, contemplaba y gozaba de las callejuelas de la Úbeda antigua y escribía sus sentimientos experimentados por las mismas en su libreta de apuntes.  Si actualmente Juan Pasquau, alzase la cabeza, y discurriese otra vez  por las callejuelas y plazas de la zona antigua, se le quitaría las ganas de escribir, por los graves atentados contra el patrimonio cultural, que se cometen en las mismas. Ya que a raíz de los mismos,  se esta perdiendo el sabor antiguo y medieval que posee estas plazas y callejuelas ubedíes...

Pasquau, fue también un gran amante de las tradiciones ubetenses, siendo la Semana Santa, la tradición que el más amó.  Realizó gran cantidad de artículos  relacionados con la Semana Santa, muchos publicados en su elogiada revista “Vbeda”, ejemplos de escritos: (Publicaciones ubetenses de Semana Santa[3]; Semana Santa en Úbeda: Tres tiempos “1557, 1897 y 1958”[4]; Historia de la Semana Santa de Úbeda.[5]); escribió y pronunció el pregón de Semana Santa de 1958, colaboró en programas de horarios de Semana Santa:

Úbeda. Suntuosas Procesiones de Semana Santa. 1942, de 24 páginas e impreso por la Imprenta de La Loma. Junto al texto de Pasquau figuran los de Bonifacio Ordóñez, P. Iniesta Quintero, A. Arias, José A. Moreno Cortés, Marcos Hidalgo Sierra, José Latorre Campos, Alfonso Higueras, A. Martínez Gallego y E. Puyol Casado.

Semana Santa. Vbeda. 1943, de 20 páginas e impreso por la Imprenta de La Loma. Junto al texto de Pasquau, figuran las firmas de B. Ordóñez Quesada, Pascual Iniesta,  A. Arias, José A. Moreno Cortés, E. Puyol Casado, Marcos Hidalgo Sierra, Ramón Martos, Luis González, R: Láinez Alcalá, J. Peñas Bellón, Andrés Arias Bardés, Ignacio Molina moreno, L. Lechuga Vegara, A. López Muela, Juan Vico Hidalgo. Unas colaboraciones son en prosa y otras en verso.

Semana Santa de Úbeda.1945. Impreso por la Imprenta de La Loma, consta de 12 páginas más 14 de anuncios publicitarios. Junto a la colaboración literaria de Pasquau aparecen las de A. Arias, Bonifacio Ordóñez (Alcalde), R. Torres Herrera, José A. Moreno Cortés, E. Puyol Casado, Juan Martínez de Úbeda, J. Peñas Bellón, Fr. Rafael de Úbeda, A. Arias, Un carmelita descalzo y Miguel Soto Quirós.

Semana Santa. Programa Oficial. Úbeda 1947, de 12 páginas e impreso por Gráficas Bellón, con las colaboraciones de nuestro ilustre personaje Pasquau, y con las de Pedro Sola Muñoz (Alcalde), Juan Vico Hidalgo, J. Martínez de Úbeda, Marcos Hidalgo Sierra, Enrique Díaz Delgado, J. Peñas Bellón, José A. Moreno Cortés, J. Bellón, J. Gallego-Díaz, A. Vera León, Antonio Parra y L. Lechuga. Síntesis histórica de las Cofradías: José Molina Hipólito.

Úbeda. Semana Santa. Año 1949, impresa por Gráficas Bellón, consta de seis páginas y junto la colaboración de Pasquau, aparece la de Pedro Sola Muñoz y la de E: Puyol Casado.

En 1968 la Agrupación de Cofradías edita la Guía de Semana Santa, colaborando en lo literario Juan Pasquau, en las fotos de cubiertas Eliseo Morales, en las fotos interiores Joaquín y Baras, en los fotograbados Caballero y los dibujos Domingo Molina, Matías Crespo y Emilio Sánchez. Fue impreso por Grafitálica y consta de 12 páginas.

Juan Pasquau, también fue un hombre muy vinculado a la Cofradía de Jesús Nazareno, y gran devoto de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Esta noble y muy antigua  Cofradía se honró de tenerlo como cofrade. Ingresó el día 1 de abril de 1941, poco después de la reorganización de la Hermandad –finalizada la contienda civil de 1936-1939-. En la misma ocupó diversos cargos directivos: Vicesecretario desde enero de 1948 hasta enero de 1954. Vocal desde febrero de 1976 hasta su muerte en 1978. Nombrado portador perpetuo del Pendón de la Cofradía, el día 7 de enero de 1948, lo llevó merecidamente hasta su muerte –su hijo Miguel en memoria de su padre lo sigue portando todos los Viernes Santo-.

Promotor de la Celebración del IV Centenario de la fundación de la Cofradía, fue dándole el esplendor que tal efeméride requería, así como la publicación de libro conmemorativo, donde participó activamente. Su última voluntad en vida, fue que para la entrada al reino sin fin, se engalanase del traje de Estatutos de su querida cofradía de “Jesús Nazareno”.

Nos situamos en el  año 1977, año en que la “Muy y Antigua e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Nuestra Señora de los Dolores, San Juan y la Verónica” celebran los Actos conmemorativos del IV centenario.

La Junta Directiva organizadora de los actos conmemorativos del IV Centenario de la fundación de dicha cofradía estaba compuesta por:

Director Espiritual:
            Rvdo. D. Diego García Hidalgo, Párroco de Santa María.
Hermano Mayor:
            Andrés Carlos Martínez de las Peñas.
Vicepresidente:
            Antonio García Soria[6].
Secretario:
            Antonio Vico Hidalgo.
Vicesecretario.
            Francisco Delgado Martínez.
Tesorero:
            Miguel Leiva Gámez.
Contador:
            Enrique Blanco Martínez.
Vocales:
            Juan Pasquau Guerrero.
            Joaquín Martos Ruiz.
            Nicolás Martínez Santisteban.
            Alfonso Fernández de la Torre.
            Antonio Biedma Campos.
            Jerónimo Garvín Ojeda.
            Francisco Vilches Alvarado.
Colaboradores jóvenes
            Francisco Javier Escalzo Martínez.
            Nicolás Berlanga Martínez.
La Junta Directiva, con ocasión de tan importante efeméride, programó los siguientes actos:

Los mismos se iniciaron con la misa mensual de enero, celebrada ante la imagen de Jesús el Primer Domingo de dicho mes, día 2, en la que Don Diego García Hidalgo, Director Espiritual, pronunció una homilía alusiva a estos cuatrocientos años, pero la apertura de tal conmemoración se hizo coincidir con la solemne Fiesta Principal anual del domingo 23 del citado mes, que culminaba con la Novena tradicional a los Titulares –Nuestro Padre Jesús y Santísima Virgen de los Dolores – que la precedió.

Todas las Hermandades de Semana Santa de nuestra ciudad, como cortesía y adhesión, engalanaron con sus Gallardetes el altar mayor de la Iglesia de Santa María, que se hallaba totalmente llena de hermanos y fieles, asistiendo todos los Hermanos Mayores de las Cofradías.





El Célebre orador de la Novena, Don Jerónimo Bernabeu Oset, Canónigo de la Catedral de Cádiz, pronunció la homilía. Terminada la Santa Misa, se cantó un Te Deum en acción de gracias por haberse alcanzado esta IV centenario. Por último y en el local “Los Jardines de La Loma”, la Cofradía sirvió un desayuno a todos sus hermanos y representantes de las Cofradías.

En la misa mensual del día 6 de febrero, en la capilla de Jesús en Santa María, se bendijeron las medallas conmemorativas del centenario para los Hermanos y se inauguró una bella lápida, elaborada en cerámica artística sobre mármol  (colocada en la pared derecha lateral de la capilla) con la inscripción: Muy Antigua e Ilustre Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno – Conmemoración del IV Centenario –1577 – 1977 – Úbeda.  Más tarde se celebró una Junta General Ordinaria, esta comenzó con la imposición a los Hermanos de las medallas conmemorativas, doradas, confeccionadas en bronce, cuyo acto revistió un gran entusiasmo cofradiero.

El Miércoles de Ceniza, día 23 de febrero, se celebró un VIA CRUCIS con la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús, en su trono procesional, desde la puerta de la Consolada de Santa María a la Plaza 1 de Mayo y desde ésta por la calle María de Molina a Santa María.

El Lunes Santo, día 4 de abril, a las 8,30 de la tarde, en el Salón de Actos de la EP. Sagrada Familia, con asistencia de Autoridades Civiles, Hermanos y numeroso público, se celebró el Acto Literario de Exaltación del IV Centenario.

En primer lugar, el hermano Jerónimo Garvín, hizo la presentación de dicho acto, después, por el Hermano Mayor Presidente, Andrés C. Martínez, se hizo entrega a Antonio Vico Hidalgo, de una placa de plata, como homenaje y agradecimiento, por los casi cuarenta años que lleva al frente de la Secretaría de la Hermandad. Antonio Vico emocionó, pronunció palabras de gratitud y recuerdo, acompañándole en este acto los que fueron Presidentes de la Hermandad durante este largo período.
Juan Pasquau; Pepe Perez y Antonio Vico

A continuación, el Cronista Oficial de Úbeda y Hermano de Jesús, Juan Pasquau, presentó al Encargado de este Acto Literario, R. P. Félix García. Juan Pasquau  dio una auténtica lección de amor cristiano, en la que vertió su pensamiento filosófico y teológico, siempre colmado de creyente doctrina.

El P. Félix García pronunció su discurso tan digno de él, haciendo vivir de otro modo más vivo y consciente la importancia y significado de los cuatrocientos años de vida de esta Cofradía y del amor a Jesús. Finalmente habló el Hermano Mayor, que agradeció emocionado y de forma sentimental la colaboración de todos en las celebraciones de esta conmemoración centenaria. El acto terminó interpretándose el  MISERERE.

El Viernes Santo, a las siete de la mañana se inició la tradicional procesión de Jesús, entre el intenso, fervor popular. Figuró en la procesión, detrás del “Paso”, el antiguo Pendón de1779, escoltado por los Hermanos más veteranos y portado por Juan Pasquau. Cerraba este cortejo morado, el Excmo. Ayuntamiento bajo mazas, que a invitación nuestra quiso unirse. Siéndole impuesta al  Alcalde Presidente, D. Manuel Fernández Peña, la Medalla del Centenario, a las puertas del Palacio Municipal, momentos antes de la salida de Jesús, por el Hermano Mayor, ante la presencia de un largo Guión de Penitentes morados.

Como último, cabe señalar, que esta fue la última procesión que presenció Juan Pasquau, en vida.
La solemne Clausura de este IV Centenario y la Fiesta Principal de la Cofradía, del mes de enero de 1978, se celebró el domingo día 15. El amplio y hoy clausurado templo de Santa María ofrecía un aspecto impresionante, presenciado cpor las imágenes de Jesús de las Aguas y la Virgen de los Dolores, acompañadas por los Gallardetes de las Cofradías ubetenses. El grandioso templo estaba rebosado de gente, en esta Fiesta se acercaron a comulgar, unas dos mil personas, aproximadamente. La homilía fue pronunciada por el Obispo de Jaén, D. Miguel Peinado. En los primeros bancos se hallaba encabezada por el Alcalde D. Manuel Fernández Peña, por el Cronista Oficial y Hermano de Jesús D. Juan Pasquau; por la Junta Directiva y Hermanos Mayores Honorarios de la Cofradía, Presidente de la Agrupación de Cofradías y representantes de Cofradías Pasionales y Religiosas.

            Como ya apuntamos anteriormente, el dieciséis de Abril de 1977, le es impuesta a Juan Pasquau Guerrero, la Cruz de Alfonso X El Sabio, en el Salón de Actos de sus entrañables Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia

Ajustadas fueron las palabras del presentador del homenaje Manuel Fuentes. Igual de ajustada fue la intervención del alcalde, Manuel Fernández Peña, que presidió el acto. Inmensas e incomparables fueron las palabras del Delegado del Ministerio de Educación y Ciencia, quién efectuó la imposición de  la Cruz a Juan Pasquau, presente en el acto, este último  fue considerablemente elogiado. 

Esta fue la intervención del galardonado.

Ilmo. Sr. Delegado Provincial del Ministerio de E y C, Ilmo. Sr. Alcalde, Dignísimas Autoridades, Sr. Inspector Jefe Provincial y Sr. Inspector de Zona de la Inspección Técnica de Educación, Sr. Presidente de la Comisión Organizadora de este acto, Sres., miembros de la misma... Rosa... Juan... Francisco de Asís, Miguel Antonio, Marita, Genara... familiares, compañeros en la profesión docente, amigos todos...

No quisiera que mis palabras pareciesen rituales, porque me salen de lo hondo, de lo más profundo. No se hasta qué punto se hace visible mi emoción. Sí que –ya se ve- estoy del todo y “visiblemente emocionado” como dirán los cronistas. Es intensa, efectiva, fuerte. Ya lo comprobáis...

Esto es un auténtico acto de amistad. Infinitas gracias. diré que esta Cruz de Alfonso X el Sabio y este homenaje no los merezco. Contestareis que sí, que los merezco. Yo insistiré en réplica y vosotros, amablemente, en vuestro cariño. Pero no forcejeemos, amigos. Lo indudable es que esta congregación afectuosa es índice de lo grande de vuestra generosidad. Si no mereciese esta medalla y mereciese la amistad aquí patente, ya sería merecer mucho. Pero temo que mi tamaño no alcance el de vuestra largueza de ánimo. Querido Eduardo Ortega, querido Manuel Fernández Peña, querido Antonio Parra, querido Manuel Fuentes, querido Antonio Vico, que me habéis precedido en el uso de la palabra; me miráis –no podéis negarlo- con lentes de aumento. Recuerdo aquellas láminas que pendían de la clase de Historia Natural de mi Bachillerato, en las que una mosca, ampliada, al mil por uno, resultaba casi una ternera o un garduña...Es la amistad quien dilata el mundo que, a veces, parece tan pequeño.

Buen tema para que me permitáis unas palabras. La amistad, como sabiduría.

Todos somos limitados. Dígase lo que se quiera, es pobre la condición humana. Somos “cañas pensantes” –escribía Blas Pascual. Necesitamos los unos de los otros, indefectiblemente. Por eso, aspiramos a la cohesión, a la solidaridad. Pero la solidaridad es poco, es remedio parvo, puesto que sobrepasamos en calidad a los entes físicos. Entonces, necesitamos algo más y mejor. Tendemos al amor. No me gusta la palabra solidaridad. Me gusta decir amor... o amistad. La amistad es una forma modesta, pero eficientísima y básica del amor. La amistad es el encargo explícito de Dios a los hombres. No creó Dios el mundo por solidaridad, sino por amor... El es Amor... El amor es ágil y brota y mana, no por razones, sino por efusiones. El nos quiere sin que sepamos por qué. Tampoco la amistad puramente humana obedece a razones tangibles, porque entonces sería interesada y casi no sería tal. Quien ama, ama porque sí. Quien odia, odia porque no. Esta es la diferencia. El amor dice sí, que me queráis y que me otorguéis estos honores. No hay méritos míos.  No tengo que atormentarme rebuscándome virtudes dentro. Tendría que esforzarme y tendrían que ser muchas para ser, así, merecedoras. Para que estuviesen a tono con esto. ¿Por qué este homenaje? Pues no por mí, sino por vosotros. Porque sí.

Quizás fue San Agustín, o quizás San Buenaventura, quien dijo que el amor es fuerte de conocimiento. “Primus cognitus”. Cuando amamos a algo o a alguien es cuando de verdad terminamos de conocer. Así es que queriendo a las cosas es como las entendemos. También a la inversa: conociéndolas, las queremos. Querer para saber y saber para querer. Los griegos concebía a Dios como el ser infinito, inmóvil, radiante, inagotable. Pero un ser así podía parecer más un astro que otra cosa. Fue precisamente el Cristianismo quien nos trajo el concepto y la efusión del Dios vivo. Si Dios está vivo, no puede rehusar el conocerse... y un Dios que se conoce y logra su imagen es un Dios en el que brota la suprema fuerza del Amor. He ahí la Trinidad. San Agustín nos ha acercado, nos ha puesto en los umbrales del Supremo Misterio. Las Tres Divinas Personas – viene a decir- son como tres aspectos, tres vertientes o tres perspectivas distantes del Único Señor. “Soy quien sabe y quiere”: ésta es la óptica, la divina perspectiva del Padre... “se que soy y quiero”: tal es, en el seno de la intimidad de Dios, la perspectiva del Hijo... “Quiero ser y saber”, he ahí la perspectiva del Espíritu Santo. Por supuesto, San Agustín no aclara el Misterio –no puede entenderse el Misterio-, pero nos aproxima su comprensión. Es que Dios es la Historia del Amor. O el Amor es la historia de Dios. Perdón. Dios no puede tener Historia porque es Eternidad. No obstante, la dialéctica trinitaria –si cabe hablar así- se resuelve en el Paráclito: arco voltaico diríamos que del Padre y del hijo procede. Y, luego, el Amor así producido ilumina e inunde el Espacio y el Tiempo. Y eso es la Creación... Si Dios hubiese rehusado el conocerse, nada más hubiesen sido El y la Nada. Algo absurdo. Precisamente, la Trinidad, en lugar de complicar, hace accesibles las verdades de Dios. Si después el Mundo –creado en virtud del Amor- se avería y se acería el hombre, inventa el Amor el remedio. Y... el Verbo se hace carne”. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Maravillosa en la introducción de San Juan. (Pío Baroja, hombre no religioso, confesable sin embargo que no había encontrado en ninguna literatura de ninguna lengua nada tan bello, tan sublimemente bello, como el prólogo del Evangelio de San Juan)... No puede, pues, terminar el Amor mientras El siga conociéndose y queriéndonos. Entramos, irremisiblemente, en el mágico círculo divino. Perdón por estas expresiones que pueden resultar impropias. Pero las palabras –todas- son inadecuadas cuando con ellas aspiramos a decir quién es El y cómo es El...

Lo sé. Es insólito que yo os hable, aquí, de la Trinidad. En cualquier caso no he hecho sino traducir brevemente a San Agustín. Esto de interpretar a San Agustín, o a un místico, o a un teólogo, es buenísimo y útil siempre. Hasta es necesario en estos tiempos –en los que se desmitifica a los héroes y se intenta –en ocasiones- desdivinizar a  Dios. (Claro que es incluso urgente, aquí y ahora, el saber religioso en su integridad de teología y de amor. No puedo creer en una fe desmedulada. La religión es árbol flotante en la corriente, si se le ha separado de sus raíces).

Yo, al hablar del amor como sabiduría tenía que aludir a la Fuente. Dije: No basta la solidaridad o la cohesión. Lo imprescindible es la amistad. Eso es ya... cosa de hombres y no de cosas, entes físicos. Porque el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios.

¡Entonces a la tarea!. Gran empresa, la amistad. Aprendamos a ser y aprendamos a conocer. Y ya, sin otro expediente, surgirá la amistad, la fraternidad de que todo el mundo está hambriento. Pero cuesta trabajo. Cuesta trabajo ser, llegar a ser de verdad, con entidad propia, con persona, con personalidad, y no al revés. Porque la gente suele aspirar a ser personalidad, antes de cuajar su persona. Es una pretendida “originalidad” que queda en extravagancia)... Cuesta trabajo, insisto, pasar de vilanos que arrastra el viento hasta el logro de esa realización radicada, con raíz, a que somos llamados. Muere mucha gente sin saber quién es y para qué es. Así no es posible el amor, sino el egoísmo. Lo repetimos todos, en cualquier hora: Nos dejamos llevar por la corriente. Nos mimetizamos. Nos dejamos arrastrar en rebaño. Es que no acertamos a plantarnos, en figura y postura propias. Así nos arrebata y enzarza “el último que llega”...

Cuesta fatiga ser, realizarse en plenitud. Probablemente porque no acometemos la misión de conocernos. “Conócete” amonestaba Sócrates y nos fabricamos otra postiza. Vanidad de vanidades. Máscara. Engañamos y nos engañamos... Y, si no se no nos conocemos, ¿cómo vamos a lograr siquiera un amor propio sano?... Si no nos conocemos, nos amamos nada más con el egoísmo que es arma arrojadiza que nos clavamos en el corazón de nuestra ansia de querer...

Querer, amar, es el secreto. Porque si somos para conocer, eso es todavía poco si no nos proponemos, al par, a imitación de Dios, el amor. No basta el “mundo como representación”, que decía Shopenhauer. Llenándonos de conocimientos e ideas., sabemos pero no somos sabios. Abunda en la formación educacional esto: muchas ideas, muchos ladrillos, mucha acarreada piedra de cantería, pero el edificio sin construir. Mucha encomiable ciencia nos rodea, pero ¿acertamos a instrumentarla? Infinitos datos, pero ¿sabemos tenerlos? Es que hacemos con la Civilización numeroso e inacabable ruido. Y no atinamos a afinar los ruidos en música. Analizamos, analizamos, analizamos... Representamos, representamos, representamos... Pero no queremos. No queremos, en hondura, nada. Entendemos, derramamos... y derrapamos la inteligencia, el talento veloz. Pero la inteligencia que admira a colonizar las galaxias no logra condensar, en síntesis, una cosmovisión, una concepción unitaria del mundo. Del mundo que, aunque diverso, es Universo... Esto produce neurosis. Sabemos sin saber ser y sin lograr querer.
No estamos atento al modelo. No intuimos que ser, saber y querer son cosas formalmente distintas pero esencialmente idénticas e inseparables. El ateismo es y existe, precisamente por manquedad: por la manquedad de no saber querer. O por confundir el querer con otras cosas. O por un querer invertido. El nihilismo es por no saber ser. Nada más el amor –la amistad- consigue un ser sabiendo y queriendo, un saber ser queriendo y un querer ser sabiendo. No es trabalenguas. Es, en resumen, decir que nos ponemos de espaldas al Espíritu nos situamos de espaldas a Dios y luego nos quejamos de que no le vemos. ¿Cómo vamos a verlo? El no gira alrededor nuestro. No es nuestro satélite. Si queremos en la noche el sol hay que mirar hacia dónde sale y, luego, aguardar su levante. La fe es exactamente eso. Es una postura. Un colocarse para cuando amanezca. También aquí hay una imagen de la Trinidad: fe, esperanza, caridad. Creer, esperando y amando. Esperar creyendo y amando. Amar porque esperamos creyendo.

Ojalá, amigos, vosotros y yo, podamos alcanzar, aunque de lejos, tal Sabiduría. Ojalá, vosotros y yo, pretendamos un saber ordenado, organizado, peinado. Ojalá, no nos conformemos con contar, porque hay que “operar” luego con lo contado. Ojalá, al ver, comprometamos la mirada. Porque tenemos ojos y no vemos. Pero, además, lo que quizás peor, vemos y no miramos. Ojalá sepamos poner color, calor, dibujo, perspectiva, composición y marco al cuadro que pintamos. Porque todos “pintamos” algo en la vida. Y “¿usted que pinta?” solemos preguntar. Ya que hay vidas que no se comprenden, que no se explican, como Don Quijote no entendían aquellos cuadros de Orbaneja, el  pintor de Úbeda, quien tan descaladamente ejecutaba su obra artística que, cuando pintaba un gallo tenía que poner debajo “esto es gallo”. Ojalá sepamos que pintamos y para qué pintamos. Precisa hacer de la vida, de la propia vida, no un chafarrinón, sino un paisaje. Nada más y nada menos que un paisaje donde el alma pueda respirar. Cada uno tiene que ir haciéndose su paisaje haciéndose su tienda. Pero una tienda en la que también quepa Dios.

Ojalá acertemos con una serenidad capaz de todo esto. El mundo truena. No importa. Seamos un poquito sabio. Pero aun a costa de nuestras propias ignorancias si fuese preciso. La sabiduría no consiste en saberlo todo. No es apilar lo mucho que creemos conocer, sino colocar bien, jerarquizar, lo poco que sabemos. El sabio está en la antípoda del sabihondo. Yo –y a veces a todos vosotros, a todos ustedes les habrá sucedido igual – me contristo, me deprimo en los momentos en que me palpo y me toco. Lleno de piedrecitas de saberes menudos mi pozo. Pero, entonces, desde mi pozo tapado, digo, no diviso las estrellas. ¡Cuántas veces tendríamos que despejar de cascote, y de mondaduras, y de escorias, y de gangas, nuestra suficiencia pedante, para implorar a Dios repitiendo, con Tomás de Kempis, aquellas palabras: “Siervos inútiles somos”!

El mundo, sí, amenaza con sus ruidos. Estaría, como oposición una delgada música interior. El mundo aturde con sus ingentes montañas de orgullos y de ciencia sin asimilar. O amenaza con su baile tambaleante de oso. ¿Podremos lograr que ya que baila la haga al son de un buen pandero? Los doctrinarios y materialismos gigantes nos cercan; opongámosles unas cuantas ideas bien construidas, limpias, cuidadas, pulimentadas. Ideas capaces de una apertura cuando necesario fuere. Pero nunca sospechamos que abrir las ideas es lo mismo que rajarlas. Feísimo espectáculo de ideas rajadas de alto abajo, de ideas que se han hecho el “haraquiri”, de éticas suicidadas, el que ofrece al momento...

Termino. Esto es un noble espectáculo. Ofrecer y recibir la Cruz de Alfonso el Sabio que se me concede a propuesta del Delegado Provincial de E y C y por petición del Cuerpo de Inspectores y por el cariño de todos vosotros, nos compromete. A ustedes y a mí. Nos compromete a hacer de esta amistad común una sabiduría. Porque si el mundo sigue adelante, ha de hacerlo por amistad. Y sin ella, todos los sabios sobran. Pero ser sabio es entender que cada uno está obligado a justificar su existencia y hacer todo lo posible para justificarle con amor. Así, sí se puede y se debe ser un poquito sabio. Y  si así no, ¿qué es lo que pinta un sabio?       
            Tras este discurso de máxima elocuencia, dejando enmudecido y alucinado al público que desbordada el recinto, le fue impuesta la medalla por su hijo mayor, Juan.

Estamos ya en el año de 1978,  en este año las calles de nuestra ciudad, que tanto amó Pasquau, servirán de escenas para el rodaje de diversos capítulos de series que hicieron historia en la Televisión Española como fueron “Curro Jiménez” o “El Pícaro”, e incluso el séptimo arte se fija en nuestros monumentos para rodar varias escenas de la película dedicada a San Juan de Dios.
           
            En este año, la cofradía de Jesús Nazareno edita el libro:
            Jesús Nazareno, Historia y presencia. Conmemoración del IV Centenario de la muy antigua e ilustre Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno. 1577 – 1977
           
            Obra impresa en Grafitálica, Sevilla. Consta de 104 páginas con las colaboraciones de Juan Pasquau Guerrero, Jerónimo Garvín Ojeda, A. Carlos Martínez de las Peñas, Antonio y José Vico Hidalgo.

De igual forma en el presente año, el CIT., publica la segunda edición de la obra de Pasquau, Reseña de Úbeda.

Además el Instituto de Estudios Giennenses acuerda editar, dentro de la colección  Libros de Jaén, una obra con los mejores artículos de Juan Pasquau. La obra aparece en 1980 con el título genérico de Temas de Jaén. Impreso en Imprenta Calatrava de Salamanca. De 300 páginas, formado por conjuntos de artículos de Juan Pasquau, recogidos por José Chamorro Lozano, quien firma el prólogo “El hombre encontrado” (pp. 7 – 9). En todos los artículos se indica la publicación en que aparecieron.
En 1987 dentro de la colección de “Los libros de Doña Berta”, núm. 8, se publica el libro: A la busca del hombre perdido.  Impreso por Prensa y Ediciones Iberoamericanas de Madrid. De 217 páginas, recoge los 66 artículos periodísticos, publicados en ABC, Ideal y Jaén, y el texto de una conferencia.  La presentación del libro (pp. 5 –9) es de Miguel Pasquau Liaño.

Y en 1988 dentro de la misma colección núm. 15, e impresa por la misma editorial, se publica el libro. Tiempo Ganado. El prólogo es de Juan Pasquau Liaño (pp. 5 – 6). De 192 páginas recoge 60 artículos más publicados en ABC, Jaén e Ideal y en la revista Así.

El Jueves siguiente al Jueves Santo de 1978, Juan Pasquau, sintiéndose mal, sin poder hablar y muy grave por su enfermedad que le acompaña desde el mes de Septiembre de 1970, es trasladado en ambulancia acompañado de su esposa Rosa Liaño y de su amigo y compañero Eusebio Campos, a la Clínica Puerta de Hierro de Madrid. Allí escribe su famoso artículo Todavía Corpus para el diario <Jaén>.  En Úbeda, apenas pasadas las fiestas de Semana Santa, Don Manuel Fernández Peña presenta su dimisión como Alcalde de la Ciudad tras estar ocho años en el cargo. Tras la dimisión de este, tomó las nuevas riendas a la Alcaldía de la ciudad, Francisco Almagro Ruiz. Esta última corporación municipal del período franquista estaba formada por los siguientes señores: Tenientes Alcalde: Antonio Cuenca Villacañas, Emilio Sánchez Fernández, Antonio Viedma Hurtado, Dolores Chicharro López. Concejales: Rafael Fuentes Garayalde, Felipe Villalba Jaén, Juan Barrionuevo Manchón, Julio Carlos de la Rosa Quirós, Felix Arce Alises, Manuel Expósito Campos, Joaquín López Sáez y Gerardo Ruiz del Moral Fuentes.

Juan Pasquau, escribe cartas desde Madrid a sus más preciados amigos.

Le exponemos ahora, la última carta que Juan Pasquau, le escribió antes de morir, a su exalumno, compañero en las tareas docentes y amigo D. Eusebio Campos Jimeno.

Eran muchas las cartas que Pasquau le escribía a Eusebio, en tiempos de vacaciones, preocupándose de las tareas que se realizaban durante esos días, en su colegio “General Franco”, ya que Juan, como ya explique  antes, era el director.
           
            D. Eusebio Campos Jimeno
, y compañeros amigos entrañables
todos del Colegio “General Franco” Úbeda.
3 de Mayo de 1978.
           
            Más de un mes ya aquí, con un bazo de menos (el único que tenía) y con unos miles de plaquetas y hematíes más, en un atardecer cárdeno, algo lluvioso, desde el ventanal de mi habitación veo recién lavado un precioso chopo castellano en el que, en este momento, encarno la calidad de la mejor melancolía.... La enfermedad ahonda en la dimensión humana y, de pronto, nos hace experimentar sensaciones y sentimientos –e incluso ideas que brillan con luz propia y que ya no son ideas-acompañamiento, ni ideas inducidas, ni ideas tópico, ni ideas recurso, ni ideas para el comercio común, es decir para salir del paso.
Bien; estar enfermo puede ser también una bendición de Dios si El nos la acompaña con la capacidad de receptidad suficiente; aunque, luego, también, a lo largo del día, vuelva la mala costumbre de quejarnos no ya tan sólo del dolor (que ello es natural) sino/ de mil cosas que, bien aceptadas, serían suficientes para empapar y eliminar los peores jugos del dolor.
Cuando por la mañana me traen la Comunión a la habitación, pienso qué mal hemos aprendido a vivir y cómo la frivolidad llama “Savoir vivre” nada menos que a dilapidar la existencia en bagate las marisco...
Pero no os escribo en plan de hombre ejemplar, ni de consejero, ni de hombre bueno, ni de nada así, ¿Por qué? Naturalmente lo que deseo es mejorar, salir de ésta, volver a todo, regresar/ al menos a una relativa plenitud. Ello no obsta, sin embargo, para que la enfermedad nos haga enteramente conscientes de una visión/ del mundo, de una cosmovisión, de una especie de concepción unitaria de la existencia... una manera de aprender bien que cada cosa tiene su sitio y que, indudablemente hay cuestiones mucho más importantes y decisivas que otras. Y que renunciar a establecer una auténtica jerarquía de valores es el principio de la abdicación/ del hombre.
No sé, querido Eusebio, y queridos todos, si todos estamos/ siendo tentados, bajo pretexto de humanismos falsos (de humanismos sin médula) a la abdicación.
-Uno de los motivos de esta carta es que roguéis a todos a Dios por mí, por mi enfermedad, ya que, casi siempre, hay un motivo egoísta en todas las cartas.
Otro motivo es que transmitáis a los alumnos la misma petición. Como todos sabéis, una de las preocupaciones máximas mías/ en la dirección del Centro Escolar ha sido y es la de la potenciaciación de la vida religiosa (cristiano-católica) de nuestros alumnos, preocupación que estimo compartís. Siento pena no poder dar/ mis charlas de Religión y mis clase en esta segunda etapa. Espero que estas ausencias mías se suplirán de la mejor manera posible y procurando dar a esas clases y actuaciones, que no puedo cumplir, mi manera de interpretar la Religión que no es otra que la que la Iglesia institucional propone. No veo muy halagüeño el porvenir de la educación religiosa en los centros de EGB.. No puedo/ unirme, ni sabría hacerlo, a ningún coro político. Pero sería poco honesto conmigo mismo si ahora, que por motivos de enfermedad tengo que estar alejado del colegio, me desentendiera en absoluto de todas sus cosas- De sobra sé, queridos amigos, y pido que esta carta la leáis todos, y que innumerables casos saldrán incluso mejor/  que nunca y que el afán de todos en la superación del trabajo propio es indudable. Así es que no incido en recomendaciones, consejos, etc., que de otra parte, lejos del trabajo y lejos de vosotros, serían hasta ridículos, máxime desconociendo su índole. Vuestro excelente sentido y criterio es lo importante. Así es que quiero terminar esta carta, cuando ya, el crepúsculo cierra sus valvas y desaparece ante mi vista la visión del álamo recién lavado de lluvia....
Está aquí la noche. Estoy contento; tengo a Rosa cerca de mí, no tengo ninguna clase de dolor físico; tengo otros temores, tengo otras finas tristezas que la mano prodigiosa del Señor sabe convertir en espacios para el espíritu, tengo esperanzas, tengo ilusiones, tengo momentos de depresión. No me falta nada. Al fin y al cabo, / a todo el mundo le pasa igual. Al fin y al cabo a nadie le falta nada. Porque El es así de providente.
Y os decía que termino ya esta carta que considerada obligado escribir ya que tanta común ocupación y tanto afecto nos une.
No puedo anticipar nada con serio fundamento respecto al tiempo que me quede por estar aquí, ni respecto al curso de la enfermedad. Ya sabéis el estado lamentable en que llegué a “Puerta de Hierro”. Sé que estoy en manos de un equipo médico excelente y, sobre/ todo en manos del Señor.
Mis tres hijos han venido a verme desde Granada, en la semana de la operación y esta en sí misma resultó satisfactoria.
¿Qué más? Pues un recuerdo especial para vuestros familiares, para los amigos y compañeros de profesión de Úbeda. Y para nuestros alumnos. A todos. –A todos quisiera nombrar por su nombre y enviarles un especialísimo abrazo.
Que para todos vosotros llegue con la misma frescura y calidad entrañable con la que os lo envía.
                                              
Juan.
      


Allá  por el 7 de Octubre de 1963, Antonio del Castillo Vico fue designado por el Archivero Bibliotecario Juan Pasquau, como auxiliar suyo en la Biblioteca Pública Municipal, situada, por aquel entonces, en el patio renacentista del Palacio de las Cadenas. Fueron quince años de amistad, de unión, de risas, también de lágrimas, de conversaciones, de anécdotas, de amor paterno filial.
Fueron  muchas las cartas y postales de humor y amistad, que Pasquau le enviaba desde las campiñas gallegas a Castillo Vico. La última, muy enfermo Pasquau, le llegó a Vico, en el mes de Mayo de 1978.
Aquí le mostramos una carta escrita por su amigo Antonio del Castillo Vico[7] a D. Juan Pasquau.

Úbeda, 28 de Abril de 1978.
Querido don Juan:
Esta noche del ya casi finalizado mes de Abril me he quedado solo en la Biblioteca. Está lloviendo y mientras cesa o no el golpeteo del agua en los canalones del patio renacentista me dispongo a continuar la “Memoria” que, anualmente, vengo realizando y que usted tanto me ha celebrado, sin mérito alguno.
Hay un silencio musical en estos instantes. ¡Qué bonito es el silencio de la lluvia! Ya se marcharon los lectores y los chiquillos revoltosos. Ahora hay una paz y un sosiego impresionantes. Estoy solo Don Juan. Me gusta estar solo. Me encanta la soledad. Me agrada saborearla. Allá en el fondo diviso un paraguas olvidado. La lluvia sigue acompasada. En la mesa tengo algunas revistas de actualidad. Voy a continuar con la “Memoria”, pero la mía, mi memoria, se está escapando de las cifras y de los datos, está comenzando a recordar, a ver escenas pasadas y recientes, está invadida por la nostalgia y por la remembranza.
Todas las noches recuerdo a Don Juan Pasquau, pero en ésta hay un algo especial, un halo misterioso que me hace verle más de cerca. Presiento que, de un momento a otro, va usted a asomar por la puerta exclamando: ¡vaya hombre, ya me he dejado el paraguas! Efectivamente, el mismo que observo allá al final, junto a la estantería. Le doy su paraguas. Usted se ríe. Con esa risa espléndida y contagiosa. Parece que se va a marchar, pero no; se queda. Con el rabillo del ojo vio la última revista de Blanco y Negro, de La Gaceta... de otras más. Se sienta, al mismo tiempo que busca sus gafas por todos los bolsillos. Por fin saca las gafas y a renglón seguido del bolígrafo. Las gafas sí, pero... ¡y el bolígrafo! Sus cosas Don Juan. Yo le observo mientras hojea las revistas. De vez en cuando charlamos, comentamos los temas alucinantes de la actualidad. Empieza usted a hablarme de la republica. Me está usted hablando a gusto, sin fingimientos, porque tiene un interlocutor que le sabe escuchar. Me gusta oírle. Me halaga ver su mirada por encima de las gafas. Tiene usted el pelo mojada. La corbata un poco torcida. Con el bolígrafo ha comenzado a garabatear en el artículo que tiene delante de sus ojos. Bueno, ya me marcho –exclama de repente- parece que llueve menos. Quiero oír las noticias. Las noticias hace ya tiempo que comenzaron, pero usted, Don Juan, quiere oírlas, aunque siga lloviendo lo mismo que al principio y aunque estas noticias de su interés se hallen a punto de finalizar. ¡¡ Don Juan, que se deja el paraguas!! Otra risa, carcajada esta vez. Don Juan se marcha, caminando deprisa, pensando en miles de cosas. Le ha quedado un regusto agradable después de ese “ratejo”que ha pasado en la Biblioteca. Ya no se acuerda de las noticias, ni de la lluvia, ni del paraguas.
Estoy recordando la Semana Santa, tan reciente y al propio tiempo tan lejana. Ha sido una Semana Santa espléndida, magnífica, llena de un gran fervor popular, como siempre. Más que siempre. Pero, creo, que ha faltado en ella un detalle peculiar y significativo, que, año tras año, ha ido grabándose en mi retina semana-santera. Sí, el penitente morado que encabezaba el “guión de El Paso” con su pendón cofradiero. Todos los años, por el paseo del Mercado, por la calle Nueva y por el Rastro, yo veía ese pendón, portad a la cintura por mi querido Don Juan. Le saludaba en silencio. Me correspondía con cariño y con afecto, mientras el mástil del distinto morado, bandeándose, acariciaba el capirucho de su penitente. Son momentos emotivos. Momentos que saturan el corazón de un aroma especial, de un aroma de Semana Santa, impregnados por la dulzura del amor, la sutileza de la paz del alma, del cariño, de la amistad.
Este año, el capitán de la grey morada, no me pudo saludar. Se encontraba cansado, débil. Después del desfile procesional, dióme la sensación de que algo, muy valioso, se había perdido en la bella mañana del Viernes Santo.
Mi memoria se detiene, ahora, en esa revista del momento actual, la que ha surgido dentro de ese fango que nos envuelve, pero que aún nos va permitiendo respirar a todos aquellos en los que permanecen los “posos” de nuestra siempre querida y venerada tradición familiar.
Ese artículo tan oscuro y tan sórdido tuvo su valiente réplica, de la pluma débil y cansada, pero segura, de la diestra mano del hombre recio, ahora abatido por la enfermedad. Este hombre, que sacó fuerzas de donde pocos quedaban y valientemente salió al paso de la literatura  que en vez de “progue” habría de llamarla pobre. Literatura oportunista, retorcida y chabacana. Una mano débil, pero que sabe hacerse firme cuando la ocasión así lo demanda
Ahora sí don Juan. Ahora ya ha dejado de llover. Es tarde. Me voy a marchar. Usted en un Sanatorio, ha dejado una víscera de su cuerpo que le estorbaba. Hoy he tratado de interesarme por su salud. No he podido. El teléfono comunica. Es difícil hablar. Lo he dejado. Mas yo sigo pensando, recordando...
Desde aquí. Desde esta su Biblioteca querida. Desde estos libros que me rodean, callados... silenciosos en sus anaqueles. Desde esta soledad, desde este silencio... yo le pido a Dios. Yo rezo por usted. Para que pronto, muy pronto, pueda verle entrar de nuevo por esa puerta.
Voy apagando las luces; de las mesas, de los braseros, de los interruptores. He cerrado la vetusta puerta. Todo ha quedado inmerso en una profunda quietud, en una intensa oscuridad. Levanto mis ojos al Cielo. Un pequeño resplandor hace dilatar mis pupilas. Hacia ese astibo de Luz me agarro con prontitud. Mis labios comienzan a musitar una oración. ¡Su mano Don Juan! Estoy pidiendo al Señor, por esa mano... Para que durante muchos años pueda sostener el pendón morado del Nazareno. Para que durante muchos años pueda sostener el peso frágil de su pluma, con acierto, belleza y gallardía.
Una tenue lluvia ha comenzado a caer despacio. Por la Plaza de los Caídos las luces violetas de los faroles destellan suavemente en la quietud de la noche.
Todo está callado. Seguro, seguro que mi oración ha llegado a las alturas. Silenciosamente me voy alejando.
Llueve, Don Juan, llueve. Me hubiese gustado pasear a su lado en esta noche del mes de Abril ¡Otra vez será! ¡Ya verá usted como sí![8]

Esta fue la repuesta de Don Juan Pasquau a Don Antonio del Castillo Vico[9].
Madrid, 6 de Mayo de 1978.
Mi queridísimo Antonio Castillo Vico. Y eres hombre con dos apellidos, quiero decir que te separas de lo común y que la carta tuya recibida con motivo de mi enfermedad es, sin duda, una de las más bellas, de las más sinceras, de las más sentidas, de las de más fina sensibilidad y pureza literaria recibidas por mí. No sabes nada, querido Antonio, cómo de verdad, de todo corazón, te lo agradezco. Y cómo, una vez más, y ésta de manera excelsa, me demuestras un cariño que no me merezco, y pones en tus palabras tal emoción, tal hondura de ánimo, tal fuerza de expresión, que tengo que confesarte que las lágrimas me brotaron en los ojos al leerte.
Son lágrimas que nos lavan, que nos purifican. Puedes suponer, mi querido Antonio, que en este tiempo de enfermedad en que se alternan momentos de depresión con rayos de esperanza, es mi confianza en Dios y mi abandono en su providencia un gran consuelo en el que me están ayudando todos los buenos amigos con vuestras oraciones, cartas, llamadas telefónicas ,etc... Y naturalmente, el saberse así querido emociona hasta el punto en que ya existe la seguridad de que en este tiempo y en este mundo tan denigrador abunda también lo bueno y lo noble.
Y bueno, noble, sabio, impregnado de decantadísimas calidades de espíritu eres tú. Me evocas en la biblioteca, recuerdas mis despistes; me imaginas  en esa noche de lluvia en que escribes tu carta; y tu óptica cariñosa para mí, ve buenas cualidades en mis mismos defectos. Y, además, con tal galanura de palabras y conceptos adobas tu carta, que –sin exageración- su contenido pudiera haberlo firmado un “Azorin”. Así se comporta tu carta, en lo pulido del detalle, en el ahilamiento delgadísimo de tus ideas. Antoñito: que dios pague tu carta.
Por lo demás, mi enfermedad sigue su evolución y hasta ahora no es desfavorable. Ensayan procedimientos para aumentarme las plaquetas y hasta ahora lo consiguen aunque lentamente. Quizás la extirpación del bazo tenga eficacia pues en esta víscera –que a mi edad no ejerce, según parece, funciones importantes- se gestan anticuerpos que destruyen hematíes y, sobre todo, plaquetas.
Sabrías –te dirían- que el jueves que siguió al Jueves Santo salí de Úbeda hacia aquí con afasia. Sin saber hablar ni escribir. El habla la recobré tan pronto llegué a la Clínica. Ahora me distraigo mucho leyendo y ya ves que, por lo menos, sé escribir a los buenos amigos como tú..
Respecto hasta cuándo y cómo va a durar esto, es imprevisible y nada más veo que en la Clínica tratan el caso con un interés grande y el equipo médico es excelente.
Querido Antonio, la enfermedad nos ahonda en la dimensión espiritual y, sin duda, acarrea también beneficios que nos acercan a Él. Cada día me traen la Comunión a mi habitación. Éstos y el hecho de que tenga a mi rosa cerca de mí y pendiente de mí, constituyen mis mejores consuelos. Por lo demás ya te digo que me distraigo leyendo mucho e incluso que no hay tiempo para aburrirse. Y, a veces, todo es cuestión de adaptarse.
El hecho de la extirpación del bazo no fue una intervención quirúrgica muy complicada; pero tampoco fue algo facilito. Como consecuencia tengo un aflojamiento de músculos que se junta a que produce el tratamiento de predisona –a dosis masivas- al que estoy sometido.
Escribí el otro día  otra carta a tu tío Antonio Vico, que me escribió también una carta memorable. Da cariñosos recuerdos a tu madre y los tuyos. Ya sabéis cuanto os quiero y qué lugar tan grande ocupáis de siempre, en mis afectos y preferencias pues, realmente, y siempre lo demostráis, sois familia mía.
Un fortísimo abrazo extensivo a Máximo Ayuso, que sabe él también cuánto lo quiero. Muchos abrazos también de Rosa, y también para Rosarito y tus hijos.
Y, por supuesto, abrazos a todos los amigos del Ayuntamiento.
                       
                                                           Más abrazos de Juan


 De igual forma, en la capital de España, en el lecho de padecimiento, escribe su último artículo: Anima y ánimo, el cual he querido traer a estas páginas, fue publicado en diario <Jaén> el 28 de mayo. 

Es curioso que uno de los mayores estorbos para ver bien al mundo, la vida, las cosas, nos lo <<organicemos>> nosotros mismos. Sería más diáfana, más veraz, más profundidad y más objetividad un pensamiento  o juicios surgidos como efecto de esa mirada, si esta máquina de egoísmo que más o menos somos todos no triturara o al menos deteriorara con su prisa el despliegue sereno de las realidades.

Pero la realidad es entidad que funciona por sí misma, según sus postulados, y nosotros empleamos una gran parte del tiempo, actividad y de ansia, en que la realidad se alinee a favor nuestro. No es posible. Y sin embargo cada mañana nacemos con la ilusión. Sin que importen chicos o grandes desengaños. ¡Ah! Es que la vida puede ser un juego y precisamente de equivocaciones como presentía Shakespeare. ¿Nos equivocamos con la alegría que brotan como un manantial inesperado en los recovecos del suceso jocundo que aparece juguetón, como aquel arroyuelo que <<estropezaba>> en los diálogos vernales de la huerta de Fray Luis de León? ¿Nos equivocamos, también, con el dolor que súbito, en la encrucijada, nos acongoja amenazándonos cerco sin remedio? ¿Resulta luego, en cambio, que los gustos cuyo zumo nos embiragaba en promesas,   se hace hiel? Y la tristeza, cuyo cáliz presentíamos no poder pasar, ¿cómo transmuta inesperadamente sus sabores y se tornan júbilos los desalientos? Querríamos la clave de nuestra felicidad nada menos –y para ello la máquina egoísta trabaja sin tregua- ¿y qué conseguimos? Hay un lema cesáreo, ambicioso: <<O todo o nada>>. Pero no es así, no podemos proceder por exclusiones. Lo humano, lo ajustado a la realidad, sería aspirar así: De todo un poco. En todo hay verdad. Ni el placer ni el dolor – al fin <<accidentes>>- nos definen. Por eso decía, al empezar este trabajo, que es cada hombre quien a sí se estorba cuando se organiza su programación vital en el vacío. En el vacío; quiero decir cuando utópicamente piensa que al interés propio puede someterse  la constelación compleja del mundo.

Las equivocaciones entreveradas con los aciertos constituyen precisamente al mundo com confusión. Porque no es confusión, es claridad, el cosmos creado por Dios. Pero el mundo-mundo (lo que señala el catecismo como enemigo del hombre) es como una agregaduría de factores dispares, de ideas, de sentimientos, de sensaciones y sobre todo de cosas que, dispares, desconciertan.

¡Qué misterio! El hombre concierto (alma, cuerpo, espíritu) está llamado, diríamos, a ejecutar su tocata, a pulsar su arpa. Finísima misión. Difícil. Dificilísima. Porque casi sin fallar aparece luego el ruido.

Música, ruido; verdad, error; júbilo, tristeza. Todo viene. Pero no elegimos nosotros el momento de cada estado de ánimo. Nos eligen a nosotros los estados de ánimo.

Distinguían los clásicos entre ánimo y ánima. ¿Qué es, que está más dentro de nosotros, el ánimo o el ánima? Alude el ánimo, más bien al espíritu -<<vir>> de las cosas-, al espíritu intuitivo y discursivo, perceptivo y lógico. El ánima, menos dinámica y dialéctica, subyace permanencias y asume fervores[10].
























[1]              Juan Pasquau. Las Bellas Artes a la busca del hombre perdido. Conferencia pronunciada por... con motivo de la apertura del curso 1973 –1974. Impresa por Gráficas Bellón, en 1974, consta de 12 páginas.
[2]              Juan Pasquau. Revista Vbeda, núm. 51 Marzo 1954, pp.15- 19.
[3]              Juan Pasquau. Revista Vbeda, núm. 27, 1952, pp. 23 – 26.

[4]              Juan Pasquau. Revista Vbeda, núm. 94, 1958, pp. 14 – 18.
[5]              Juan Pasquau. Revista Vbeda, núm. 128, p. 13.
[6]              Muy gran amigo de Juan Pasquau.
[7]              Revista Ibiut. Año XV; núm. 84.- 1996
[8]              Antonio del Castillo Vico. Funcionario y Poeta. 
[9]              Revista Ibiut. Año XV; núm. 85.- 1996
[10]             Juan Pasquau. Tiempo Ganado. <Anima y ánimo> pp. 37 – 38.